Las redes de distribución eléctrica se alzan como pilares fundamentales en el proceso de transición energética que permitirá alcanzar los objetivos propuestos por el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) y los establecidos en el Acuerdo de París de la Unión Europea. Planes ambiciosos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y ajustar la oferta energética a las nuevas demandas del mercado. Pero ¿cómo se está llevando a cabo esta transformación y cuáles son sus implicaciones? 

Electrificación en marcha: la modernización de las redes 

El proceso de electrificación, ya iniciado hace años, es el primer paso de este camino hacia un futuro sostenible. Este proceso busca la modernización de todas las infraestructuras energéticas, abasteciendo de energía eléctrica las industrias y muchos sectores de nuestra economía. De esta forma, la transición hacia fuentes de energía más limpias y renovables, como la solar, eólica o hidráulica se perfila como la alternativa más sostenible frente a los combustibles fósiles tradicionales, con sus correspondientes beneficios. Para ser más exactos, una mayor ambición de electrificación de la industria y nuevos consumos eléctricos llevarían la demanda eléctrica hasta los 245-256 TWh (terrawatios hora) y permitirían reducir hasta 12-17 MtCO2 -eq de emisiones adicionales a 2030. No obstante, tratar de alcanzar estos hitos traslada una serie de necesidades.

 

La nueva demanda y la necesidad de inversión

Actualmente nos encontramos en un punto de inflexión en el sector energético, marcado por la transición hacia un modelo más sostenible y eficiente. Este cambio de paradigma no solo implica una transformación en la forma en que producimos y consumimos energía, sino también en la infraestructura que sustenta todo el sistema.

En este sentido, la creciente demanda de energía eléctrica y el surgimiento de nuevas formas de consumo representan un desafío sin precedentes para las redes de distribución eléctrica. Por este motivo, el Gobierno español ha proyectado una inversión de 53.000 millones de euros en redes de distribución eléctrica hasta el 2030 para hacer frente a la creciente demanda, a las nuevas formas de consumo, como los vehículos eléctricos, y al papel más activo que tiene que jugar la demanda. Esta evolución plantea un desafío para el sector, que debe modernizarse y adaptarse para dar respuesta a las demandas tecnológicas emergentes. Además, es necesario fortalecer la colaboración entre los sectores público y privado para impulsar la inversión y fomentar la innovación en este ámbito.

En resumen, la adaptación de las redes de distribución eléctrica a la nueva demanda energética es un desafío complejo, pero más que necesario para asegurar un suministro seguro, eficiente y sostenible en el futuro. Pero ¿cómo debemos hacerlo?

 

Modernización: una red eléctrica inteligente y flexible

La modernización es la clave. Es necesario tener una red eléctrica moderna, eficiente y capaz de integrar las nuevas tecnologías y garantizar un suministro estable y eficiente. Esta transformación no solo implica la actualización de la infraestructura existente, sino también la incorporación de tecnologías innovadoras que permitan gestionar de manera más eficiente y flexible el suministro de energía. Por ejemplo, la digitalización permite optimizar el flujo energético reduciendo las pérdidas y aumentando la fiabilidad del suministro; o la automatización, cuya aplicación en los procesos de operación y mantenimiento de la red permite realizar tareas de forma autónoma y en tiempo real, mejorando la eficiencia operativa.

Los gestores de la red de distribución jugarán un rol principal durante esta transición en la que se enfrentarán a diversos retos tecnológicos, ya que de la automatización y digitalización de las redes depende el desarrollo de los factores fundamentales para la descarbonización de la economía. Adaptar la red a estos nuevos retos supondrá tener que acometer notables inversiones para fomentar el proceso de electrificación a través de la introducción de energías renovables, la digitalización de la red de distribución eléctrica y la conexión de la demanda. Es fundamental contar con un modelo retributivo que garantice la estabilidad regulatoria y seguridad jurídica, así como un retorno del capital de mercado para impulsar las inversiones dirigidas al refuerzo de las redes eléctricas y su modernización.

Además, la modernización de las redes de distribución eléctrica también implica la integración de sistemas de almacenamiento de energía. Con la incorporación de fuentes de energía intermitentes como la solar y la eólica a la ecuación, se plantean distintos desafíos en términos de gestión de la oferta y la demanda. Los sistemas de almacenamiento de energía, como las baterías y los sistemas de almacenamiento hidroeléctrico, son una solución, permitiendo almacenar el exceso de energía durante los periodos de baja demanda y liberarla cuando sea necesario, contribuyendo así a mantener el equilibrio en del sistema.

Beneficios: impacto positivo en la economía e independencia energética

La modernización de las redes de distribución eléctrica no solo contribuirá al logro de los objetivos medioambientales, sino que también impulsará la economía y la creación de empleo. Además, la inversión en infraestructuras eléctricas modernas generará nuevas oportunidades y aumentará la competitividad del sector, fortaleciendo nuestra capacidad de producción de energía renovable y reduciendo nuestra dependencia de las importaciones energéticas, de forma que se garantice una mayor independencia y seguridad energética para el futuro.

 

Con esta transformación, aprovecharemos nuestros recursos naturales de manera más eficiente, optimizando el uso de renovables. Por ello, debemos trabajar y garantizar inversiones para conseguir una red eléctrica más limpia, sostenible y resiliente. Hay luz en el futuro. Y es eléctrica.